viernes, 23 de marzo de 2012

Temporada de utopías

– ¿Dónde se habrá metido ese condenado juglar? –gruñó el mesonero, mientras la clientela que ocupaba el local se inquietaba en sus asientos.
– No se altere, maese Stream, que aquí me tiene: razonablemente sano, nunca a salvo del todo y con la cordura siempre en tela de juicio. Como debe ser. Así que alegre esa cara, cese en sus gruñidos y sirva otra ronda al respetable, que, no me cabe duda, sabrá disculpar mis demoras en dejarme ver por este antro de luz. ¿Quién entre los presentes está libre de atender las necesidades que el cuerpo y el alma reclaman? ¿Quién de hacer frente a los desvelos que estos tiempos convulsos imponen a nuestra existencia? ¡Mozo, apaga esas luces, enciende aquel foco y descorre el telón! ¡No hagamos esperar más a público tan distinguido!
Y de un brinco subió a la tablas, justo bajo el haz luminoso, y con gesto de ilusionista extrajo de entre sus ropajes un transneural que, a juzgar por su débil resplandor, había conocido tiempos mejores...


   Es temporada de utopías. Así como hay frutas que necesitan de los requisitos climáticos de una u otra estación, las utopías dependen también de ciertas circunstancias "ambientales" que fertilicen sus ciclos de crecimiento y desarrollo.
   El terreno y el clima propicios para la utopía son los de la crisis, los del colapso de un orden de las cosas, situación que acontece cada vez que alcanzamos cotas suficientes de nuevos conocimientos como para poner en entredicho o licenciar directamente las ideas y las estructuras que nos servían hasta entonces para entender, sostener y hacer funcionar el mundo, nosotros incluidos, claro está. Cuando la situación aprieta, cuando las turbulencias de los cambios nos ponen patas arriba el mundo al que estábamos acostumbrados, no nos queda otra que bocetar nuevos horizontes, nuevos planos, nuevos desafíos, nuevos futuros, pre-visiones, a fin de cuentas, que nos permitan orientar nuestros pasos; nuevas promesas y esperanzas que den sentido a la existencia. ¿Qué otra cosa son todos nuestros "ismos", desde el más vulgar al más elaborado, desde el más terrenal al más intangible, si no construcciones de este tipo, horizontes ideales que nos permitan conducir a través del torbellino de miedos, inquietudes y anhelos que la consciencia de estar vivos nos plantea sin miramientos? Frente a tales exigencias, como la fruta sobrante que se pudre en el frutero, superado todo intento de adaptación, las utopías caducadas acaban deteriorándose hasta lo tóxico y nos vemos obligados a sustituirlas por otras frescas, de su tiempo, porque así como necesitamos de las frutas para comer, necesitamos de las utopías para avanzar: si la fruta es alimento, la utopía es impulso. Mientras la fruta es combustible para el camino, la utopía le da sentido al caminar.
   Comprendo perfectamente esas cejas recelosas y esos ceños fruncidos que puedo distinguir entre la audiencia, pues no todo en las utopías es acompañamiento de violines. Bien es cierto que hemos conocido y arrastramos utopías monolíticas escritas con mayúsculas, impuestas por los dioses y sus herederos, prometiendo paraísos imposibles fundados sobre nuestra ignorancia desesperada, relegándonos a meras marionetas de sus caprichosos designios. Utopías transmutadas en metas y por ello finitas, estáticas, muertas. Utopías quiméricas, frustrantes por ser ajenas al drama de la finitud del ser humano.
   Pero, ¡ay, amigo!, a poco conocimiento adquirido del mundo y de nosotros mismos, la cosa cambia, quedan los dioses, los endiosados y sus escenarios en entredicho, y sentimos que podemos palpar el timón, aferrarlo y forcejear con él para conducir en alguna medida nuestros destinos. Sobreviene entonces la crisis, la catástrofe de lo antiguo, se abre el abismo de la incertidumbre y, con ello, se impone la necesidad de planes nuevos, actualizados, lo bastante inalcanzables como para ser útiles, para garantizar la tensión y la actividad necesarias para saciar nuestro afán de transcendencia, nuestro hambre de vida. Tiemblan entonces los monolitos con mayúsculas hasta saltar en pedazos, dejando paso a una miríada de utopías, individuales y compartidas, desde las más íntimas y personales hasta aquellas lo bastante amplias y frondosas como para abarcar a la humanidad entera.

   Es temporada de utopías y yo, por eso mismo, les dejo aquí una recogida por el camino para que la husmeen y jueguen con ella, la laman y la caten, si así lo desean. Lo que hagan con ella después no me causará desvelo, pues me basta si les sirve como viento en el que volar la cometa de su imaginación...

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