jueves, 28 de marzo de 2013

Crónicas del NeoMester (V)

   Cruzo la ciudad de extremo a extremo. No son ni las siete de la mañana. Los viajeros se apiñan en los módulos de cabeza y de cola del Tubo. Sus vestimentas son tan delatoras como sus expresiones somnolientas. Operarios de párpados hinchados de sueño, universitarios que sostienen sus carpetas con la misma desidia que sostendrán, con un poco de suerte, la fiambrera. Un policía secreta finge adormecerse con el vaivén del tren subterráneo, pero cualquiera con un mínimo de entrenamiento nonver lo distinguiría a la legua. Hacia el centro del transporte hay incluso asientos libres pero prefiero quedarme apretujado entre la gente que atesta las plataformas. Los olores naturales de la especie, mezclados con aromas de gel, perfume y desodorante, enrarecen el aire.


   Dos de cada tres sujetan algún tipo de pantalla en sus manos. Para muchos cumple la misma función que un viejo reproductor de cintas magnéticas. Los auriculares, como antifaces, los oculta del prójimo que los rodea. Después de las ultimas ofertas, muchos clavan la mirada en libros electrónicos. Leen como nunca han leído. Una cajera de supermercado –el pantalón con el diminuto logo bordado de la cadena para la que trabaja, la delata– se aferra, como una declaración de principios en una guerra perdida, a un grueso ejemplar de papel del último best seller de moda; la serie ya está en los paneles de visión. Otros desplazan con frenesí las yemas de sus dedos por las pantallas, incapaces de abandonar el murmullo permanente de la redes. Cerebros antiguos intentando adaptarse a las nuevas máquinas. Se esfuerzan, no hay duda. Pero todavía ninguno de ellos soportaría un par de minutos sometido a las gráficas de flujos de información que los terminales de mi cueva vomitan y moldean sin cesar. Les dolería. Pero aprenderán. Las propias máquinas les están enseñando... a categorizar, a ordenar... La mutación debe acelerarse. La máquina creada por el cerebro humano, enseña a la especie a usar el cerebro de forma eficaz. Hubo que hacerlo así, forzar la mutación... Una jovencita de mirada perdida sostiene sobre sus rodillas unos folios con apuntes impolutos que recuerdan sin dificultad a la meticulosa ordenación de los menús del dispositivo que sostiene en las manos...

   El punto de luz roja que se ilumina sobre la gráfica de la línea interrumpe mis pensamientos. La próxima parada es la mía. Mi pequeño terminal portátil vibra en el bolsillo interior de mi gabán. No lo atiendo. Sé quién es y qué quiere. Impaciente. El transporte decelera hasta detenerse y las puertas se separan ante mis narices con un bufido neumático, vomitándome junto a otros cientos. La densa riada humana avanza por el andén y se va diluyendo poco a poco a medida que los pasillos se bifurcan. Me dejo llevar por la corriente que asciende por las escaleras y las rampas móviles hacia los vestíbulos de la estación central de trenes. Me ajusto las videadoras y las activo sin tener un verdadero motivo. Al llegar a la primera planta del subsuelo, abandono la corriente y dirijo mis pasos hacia uno de los viejos bulevares subterráneos, una especie de plazoleta en la convergencia de varios pasillos, ribeteada de pequeños escaparates incrustados en las paredes. Los gastados neones de colores bañan la encrucijada con una iluminación cansada, como de cinemascope desvaído. Me detengo un instante y hago un travelling con un simple movimiento del cuello, por gusto. Fijo la vista en el otro extremo del hall, donde la vieja cafetería de estilo American Graffiti encaja su mostrador semicircular. Fill up, se llama, se ha llamado siempre. El tránsito es escaso; incluso a esa distancia, distingo al personaje que busco, bamboleándose inconscientemente sobre el taburete giratorio. Jamás lo había visto, pero es él, no me cabe duda. Según me acerco, distingo el aspa doble de la hélice entre los badges que decoran su bandolera. Confirmado. Tomo asiento a su izquierda, taburete de por medio, a distancia de primer plano. Me mira de reojo, pero poco; por deducción equivocada, él espera a una mujer. El camarero se afana con los brazos de la cafetera. Mejor, porque yo no quiero nada. Deslizo la palma de la mano por el mostrador hacia el hombre impaciente y dejo junto a su taza de café una tarjeta de memoria con aspecto de kycard. La mira, me mira, duda, y vuelve a mirarla, extrañado, como si esperara algo más... Si ha llegado hasta aquí, el contenido de la tarjeta es más que suficiente para continuar. Antes de que se decida a articular palabra, me levanto, me alejo, y desaparezco por uno de los pasillos, con sus ojos clavados en mi espalda.

   Descendiendo de vuelta a los andenes, conecto mi pequeño terminal y recibo un mensaje de inmediato:

LM_116: ¿Has llegado a tiempo? Te he llamado.

No hago caso. A pesar de su experiencia, siempre se pone muy nerviosa con los nuevos contactos. Me limito a teclear:

NM_077: Hecho.
LM_116: Gracias. Te debo una.
NM_077: Negativo. Me debes varias... ;-)
LM_116: XD
NM_077: ¿A qué anillo irá ése?
LM_116: Es pronto para saberlo. Tracker, seguramente. ¿Quieres que te lo asigne? :-D
NM_077: Ni hablar! Bastante tengo con lo mío...
LM_116: XD
NM_077: Me vuelvo a la cueva.
LM_116: Ok. cu!
NM_077: cu!

Corto la conexión y apago las videadoras. Los túneles expulsan una ráfaga de aire caliente que barre la enorme bóveda de los andenes; en el oscuro y gigantesco tubo pueden distinguirse ya las luces de posición del siguiente transporte. Los viajeros se preparan para el embarque junto a la línea de seguridad impresa en el suelo. El incipiente y discreto escote de una muchacha entre el pasaje indica que ya es primavera...

domingo, 17 de marzo de 2013

Que hable la especie

   Paso deprisa y corriendo por esta tablas, una vez más, para dejarles una pieza caída en mis redes durante este incesante navegar mío por los flujos y las corrientes que recorren el sistema nervioso de nuestro planeta.

   Si tienen la amabilidad de leer la descripción de la petición que puede verse a través de este enlace –está en castellano, tras la versión en inglés–, los que ya me tienen visto el plumero detectarán de inmediato la sustancia que hace que esta iniciativa online me resulte especialmente interesante, hasta el punto de estampar mi firma, cosa que no suelo hacer así como así. Y la estampo, por un lado, como muestra de apoyo a aquellos que han tenido el gesto de iniciarla, pero, sobre todo, como rúbrica de las ideas que, al formularla, quedan claramente expuestas. Son esas ideas "aireadas", precisamente, más que la esperanza de que cargo alguno de entidad alguna les preste la debida atención, las que quiero invitarles a considerar y, si luego lo creen conveniente, a difundir para que otros puedan también evaluarlas.



   Las ideas en cuestión, vienen a ser:
   Que en medio del cambio de paradigma en el que nos encontramos, cualquier propuesta que pretenda tener un mínimo recorrido debe partir de la nueva realidad, el nuevo mundo en el que nos hayamos; es decir, debe ser de ámbito global, debe ser capaz de concebir al planeta –con todo lo que contiene, en general, y a la especie humana, necesariamente, en particular– como un todo complejo que demanda, ya por clamorosa necesidad, ser articulado de un modo coherente con la nueva situación.

   Que la especie humana ha alcanzado, una vez más, determinadas cotas de conocimiento que le permiten, una vez más, modificar tanto los sistemas de producción como los de transmisión de información y de conocimiento. A lo largo de la Historia, tales modificaciones han dado lugar, siempre, a cambios de paradigma, han cambiado el modelo de mundo, con toda la mutación que eso conlleva. Téngase en cuenta, además, que es la primera vez en nuestra historia conocida en la que la transformación en los sistemas de producción y en los de transmisión de conocimiento se producen simultáneamente, por lo que, en esta ocasión, la envergadura de los cambios y de las transformaciones se eleva al cuadrado, podríamos decir, para entendernos.

   Las tecnologías resultantes del conocimiento alcanzado hasta el momento permiten plantearse, aunque sea torpemente, escenarios y posibilidades nuevas. De entre ellas, y tal y como se apunta en la propuesta, no podemos ignorar aquella que, por otra parte, ya está produciéndose: que los individuos, por interconexión cada vez más compleja y sofisticada, transciendan a los límites sociogeopolíticoculturales –toma palabro que acabo de vomitar... Disculpenme, lo tenía ahí, como atascado...– heredados de los anteriores modelos de mundo, dando lugar a una nueva dimensión de lo que entendíamos como "la especie", hasta ahora mero conjunto abstracto dentro del reino animal. La especie ahora empieza a ser consciente de serlo. Y del mismo modo que el niño de corta edad deja un día de emitir grititos y acaba domando su lengua de trapo ante la imperiosa necesidad de articular sus primeras palabras para poder entenderse con la exigente realidad que lo envuelve, de la misma manera, digo, la especie quiere, debe hablar. Tenemos tecnología para hacerlo. Y lo haremos.

   Por último, y no menos importante, la propuesta recurre, como ejemplo, a lo que viene siendo uno de los pilares de mi comprensión del mundo desde que tuve edad para improvisar construcciones del mundo: el ser humano es capaz de ordenar y gestionar la realidad, por caótica que sea, con mayor eficacia y armonía, me atrevería a decir, si lo hace desde la esfera lúdica. Es decir, ¿si cuando jugamos, aunque sea olímpicamente, podemos hacerlo, qué nos impide aplicarlo fuera del puro juego? Ahí lo dejo...

   Y tan corriendo como he llegado, me despido. Si creen que lo expuesto merece, al menos, una mínima reflexión... ya saben: que corra la voz. Basta un clic...

   Hasta lo más pronto que pueda.

miércoles, 20 de febrero de 2013

La Biblioteca del Caos - Croquis

   Los empeñados en dilatar el tiempo entenderán que intente yo matar a más de un pájaro de un tiro y que, antes de ponernos a levantar paredes maestras, desgrane en esta entrada algunas observaciones que nos sirva tanto para inspeccionar, cual jubilado tras la valla de la obra, los cimientos de mi particular biblioteca como para verter ingredientes en la otra recién estrenada olla destinada a bullir guiso tan delicado como es la educación. Veamos algunas elucubraciones al respecto:

   Uno llega al mundo en pelotas, berreando de miedo y con la serie de aptitudes y torpezas en potencia que la lotería de su genética haya querido concederle (el genotipo es una tómbola-tom-tom-tómbola), para bien o para mal. Así que, de salida, somos como una esponja que absorbe lo que le echen; y según lo que le echen, de su azaroso genotipo habrá aptitudes y/o torpezas que se expresarán más o menos –o nada en absoluto–, que pasarán de ser en potencia a ser en acto, en función de los estímulos o inputs, que los llaman ahora, a los que la criatura sea sometido durante los tiernos y moldeables primeros años de vida. Con lo que le dan y recibe de su entorno, el individuo hace lo que puede para ordenar y sostener el caos que la realidad representa de buenas a primeras, se va construyendo una primera maqueta del mundo y de su funcionamiento, al tiempo que va improvisando un no menos primerizo manual de cómo funcionan las relaciones humanas, cosa fundamental y harto peluda, pues incluyen la gestión del complejo y desconcertante mundo de las emociones y los impulsos animales, que también irá descubriendo y experimentando en función de la circunstancia en la que le haya tocado empezar a vivir.

   No está de más subrayar, por innecesario que sea ya, el papel que desempeñan los entornos familiares, escolares y sociales –entramados más de instrucción y adoctrinamiento que de educación–, en ese trajín emotivo-cognitivo, vamos a llamarlo, con el que uno fundamenta y adopta unas pautas y unas reglas de juego primordiales, escalas de valores, una ética temprana, inocentes parámetros sobre lo que cree –o le hacen creer– que está bien y lo que está mal, de lo que es deseable y de lo que no lo es. Reglas, escalas, pautas, parámetros, creencias, hábitos, costumbres que se adquieren por impresión, que calan hondo en el cerebro tierno, tornándose casi indelebles como tinta de tatuaje, influyendo y conformando el menaje esencial de recursos, mejores o peores, con los que uno tendrá que apañarse, como buenamente pueda, durante su existencia.

   Con esto dicho, háganse ustedes mismos una idea del batiburrillo que debería tener yo, entre el entorno que me tocó y las lecturas repletas de mundos imaginarios, viajes fabulosos, héroes, heroínas, superhéroes y superheroinas de actitudes heroicas hasta lo beatífico, de valores paladinescos de la justicia y altruistas hasta el absurdo, ¡la eterna batalla entre el Bien y el Mal!... Y todo esto estimulado por una curiosidad y un querer saber que rayaba lo impropio para un niño de unos once años, edad en torno a la que yo establezco, al examinar los fósiles de mis recuerdos, un salto cualitativo, propiciado por la influencia de los singulares personajes al cargo de mi educación escolar: mi padre, maestro de escuela, por un lado; mi tío, el cura, licenciado en Ciencias Exactas y en Teología –como lo oyen...–; y la llegada de un profesor a mi colegio, primero de un grupo de docentes que habrían de marcarme de forma notable durante mi vida escolar a partir de aquel entonces. Hoy, en vista del panorama docente que padecen nuestras criaturas, no puedo menos que sentirme afortunado por haberme topado con todos y cada uno de ellos, y es de justicia que yo les dedique sus correspondientes líneas a cada uno. Pero empecemos por el primero en llegar:
No había cumplido yo los doce años cuando, al empezar un nuevo curso, entró por la puerta el señor Manuel Gallego i Gomá, al que, a día de hoy, hago máximo responsable, entre otras cosas, de mi amor por el lenguaje oral, el escrito y la Literatura. Así pues, y a modo de homenaje, con él empezaremos la próxima entrega de estas series...

*Espero sepan disculpar mis retrasos en publicar aquí. Son los embates de la vida laboral los que me retrasan, muy a mi pesar...