miércoles, 20 de febrero de 2013

La Biblioteca del Caos - Croquis

   Los empeñados en dilatar el tiempo entenderán que intente yo matar a más de un pájaro de un tiro y que, antes de ponernos a levantar paredes maestras, desgrane en esta entrada algunas observaciones que nos sirva tanto para inspeccionar, cual jubilado tras la valla de la obra, los cimientos de mi particular biblioteca como para verter ingredientes en la otra recién estrenada olla destinada a bullir guiso tan delicado como es la educación. Veamos algunas elucubraciones al respecto:

   Uno llega al mundo en pelotas, berreando de miedo y con la serie de aptitudes y torpezas en potencia que la lotería de su genética haya querido concederle (el genotipo es una tómbola-tom-tom-tómbola), para bien o para mal. Así que, de salida, somos como una esponja que absorbe lo que le echen; y según lo que le echen, de su azaroso genotipo habrá aptitudes y/o torpezas que se expresarán más o menos –o nada en absoluto–, que pasarán de ser en potencia a ser en acto, en función de los estímulos o inputs, que los llaman ahora, a los que la criatura sea sometido durante los tiernos y moldeables primeros años de vida. Con lo que le dan y recibe de su entorno, el individuo hace lo que puede para ordenar y sostener el caos que la realidad representa de buenas a primeras, se va construyendo una primera maqueta del mundo y de su funcionamiento, al tiempo que va improvisando un no menos primerizo manual de cómo funcionan las relaciones humanas, cosa fundamental y harto peluda, pues incluyen la gestión del complejo y desconcertante mundo de las emociones y los impulsos animales, que también irá descubriendo y experimentando en función de la circunstancia en la que le haya tocado empezar a vivir.

   No está de más subrayar, por innecesario que sea ya, el papel que desempeñan los entornos familiares, escolares y sociales –entramados más de instrucción y adoctrinamiento que de educación–, en ese trajín emotivo-cognitivo, vamos a llamarlo, con el que uno fundamenta y adopta unas pautas y unas reglas de juego primordiales, escalas de valores, una ética temprana, inocentes parámetros sobre lo que cree –o le hacen creer– que está bien y lo que está mal, de lo que es deseable y de lo que no lo es. Reglas, escalas, pautas, parámetros, creencias, hábitos, costumbres que se adquieren por impresión, que calan hondo en el cerebro tierno, tornándose casi indelebles como tinta de tatuaje, influyendo y conformando el menaje esencial de recursos, mejores o peores, con los que uno tendrá que apañarse, como buenamente pueda, durante su existencia.

   Con esto dicho, háganse ustedes mismos una idea del batiburrillo que debería tener yo, entre el entorno que me tocó y las lecturas repletas de mundos imaginarios, viajes fabulosos, héroes, heroínas, superhéroes y superheroinas de actitudes heroicas hasta lo beatífico, de valores paladinescos de la justicia y altruistas hasta el absurdo, ¡la eterna batalla entre el Bien y el Mal!... Y todo esto estimulado por una curiosidad y un querer saber que rayaba lo impropio para un niño de unos once años, edad en torno a la que yo establezco, al examinar los fósiles de mis recuerdos, un salto cualitativo, propiciado por la influencia de los singulares personajes al cargo de mi educación escolar: mi padre, maestro de escuela, por un lado; mi tío, el cura, licenciado en Ciencias Exactas y en Teología –como lo oyen...–; y la llegada de un profesor a mi colegio, primero de un grupo de docentes que habrían de marcarme de forma notable durante mi vida escolar a partir de aquel entonces. Hoy, en vista del panorama docente que padecen nuestras criaturas, no puedo menos que sentirme afortunado por haberme topado con todos y cada uno de ellos, y es de justicia que yo les dedique sus correspondientes líneas a cada uno. Pero empecemos por el primero en llegar:
No había cumplido yo los doce años cuando, al empezar un nuevo curso, entró por la puerta el señor Manuel Gallego i Gomá, al que, a día de hoy, hago máximo responsable, entre otras cosas, de mi amor por el lenguaje oral, el escrito y la Literatura. Así pues, y a modo de homenaje, con él empezaremos la próxima entrega de estas series...

*Espero sepan disculpar mis retrasos en publicar aquí. Son los embates de la vida laboral los que me retrasan, muy a mi pesar...

domingo, 6 de enero de 2013

Hablemos de Educación... (I)

   Para que nadie se llame a engaño, voy a empezar declarando abiertamente y sin paliativos mi posición: a día de hoy, en la segunda década del siglo XXI, sumergidos en pleno cambio de era (de la Industrial a la Digital, a la de la Información y el Conocimiento...), el sistema educativo, tal y como lo conocemos, debería ser desmantelado hasta sus cimientos, hasta la última piedra, para ser refundado desde una perspectiva humana actualizada, racional y científica.

   Dicho esto, me gustaría empezar propinando algunos machetazos –a vuela machete, en este caso– a ciertos equívocos profundamente asentados, sin mayor intención que la de despejar un poco nuestra visión de tan frondoso y enmarañado zarzal.

   En la entrada que bien podría servir de prólogo a ésta, dejaba yo dos vídeos sobre el "fenómeno finlandés" para ir haciendo boca, con el aviso de no tomarlos, sin más, como panacea. Sucede que, cuando nos sentamos ante este tipo de documentos que abordan la cuestión, a poco que rascamos, se nos dispara de forma automática, reiterada y casi generalizada toda una serie de tópicos disfrazados de "reflexiones" que resultan reveladores en extremo. Quisiera, pues, descargar el primer golpe sobre uno de esos presupuestos reflejos engullidos sin masticar: la inmensa mayoría, tras ver alguno de estos vídeos, soltarán, del todo convencidos, algo del tipo "Claro, es que es una cuestión de medios", o "Buf, pero para eso hacen falta muchos recursos...". Es decir, la "reflexión" final queda en algo así como: nuestro sistema educativo es una mierda porque no se dedican los recursos suficientes. Y volvemos a poner cara de taciturna resignación, abrumados por la sensación de que poco o nada se puede hacer al respecto...

   Claros ejemplos de este equívoco se han visto acentuados desde el inicio de los tristemente famosos recortes que se están aplicando en nuestras sociedades afectadas por la "crisis" económica. Hemos tenido y tenemos ocasión de comprobar cómo un día sí y otro también la llamada comunidad "educativa" (administradores escolares, docentes, padres y alumnos) se echa a la calle en protesta por los recortes, estableciendo y reforzando la premisa de que la calidad del sistema "educativo" depende del dinero, y dando la impresión de que antes de los recortes, el sistema "educativo" ya les parecía lo bastante bueno como para no tener que manifestarse con tan intensa asiduidad.

   Y a mí me resulta muy curioso el fenómeno por el cual, mientras vemos el documental, la entrevista o el reportaje, nuestra atención se centra en los recursos, ignorando, como si fueran invisibles al entendimiento, otros datos e ideas con mucha más enjundia, a mi entender. Por ejemplo –y sólo como ejemplo–: que un sistema educativo de calidad se conforma con la debida articulación de tres engranajes fundamentales –familia, escuela, sociedad–; que estamos hablando de un país en el que, desde hace cientos de años, su propia religión impide el matrimonio si no se sabe leer y cuyos valores culturales y políticos consideran a sus infantes como la mayor y mejor inversión que se puede realizar, exaltando la honestidad, la responsabilidad, la equidad, la eficiencia, el trabajo, el mérito...

   Qué duda cabe que para mantener un sistema de enseñanza, como para cualquier otra estructura social fundamental, hacen falta recursos. Lo que no es de recibo es establecer como dogma de fe la relación recursos-buen sistema educativo, equívoco que tenemos incrustado hasta la médula, entre otras razones porque aceptando esa premisa eludimos de un plumazo la responsabilidad que pudiera tocarnos a nosotros como parte del problema. No he visto manifestaciones en las que se vociferen eslóganes del tipo "Somos unos padres de mierda, ignorantes e indolentes. ¡Terapia ya!"; o, "Estudié magisterio porque era más fácil, más corto, mi nota de selectividad no daba para más, y luego tienes muchas vacaciones. ¡Que alguien me despida!"; o "Gestiono los recursos con el culo y hago programas educativos para la propaganda y mayor gloria de mi partido. ¡Que me corten la cabeza!"; o "Exijo que me enseñen a pensar, aunque sea más difícil. ¡Duda metódica ya!"...

lunes, 31 de diciembre de 2012

Nueva órbita

Queridos/as amigos/as, mis seres queridos, mi familia, mi especie:
Como ya sospechábamos la mayoría de nosotros, las interpretaciones más agoreras de las predicciones del entrañable pueblo maya no se cumplirán. Ni siquiera podemos asegurar que hayan atinado las más optimistas y que un nuevo ciclo, más allá del previsto invierno, haya empezado por estas fechas. Así que por lo único que me atrevo a apostar es por el hecho de que, en pocas horas, es harto probable que nuestra querida nave Tierra finalice otra de sus órbitas alrededor de nuestra estrella madre para empezar otra nueva, en este fabuloso viaje nuestro por el Universo. Y en esos momentos, llámenme tontorrón, no puedo evitar sentirme muy dichoso por un doble privilegio: el de estar vivo para contarlo y el de poder compartirlo, una vez más, con todos ustedes.
Salud, coraje y alegría, queridos míos, para lo que tenga que venir. Que por nosotros no sea.
¡Adelante!

Se les quiere.